lunes, 13 de agosto de 2012

Camino de Santiago

Lágrimas de principiante


Nunca podré expresar mi gratitud hacia las personas que me han acompañado en el Camino y que para mi, han sido los actores fundamentales de una gran ilusión de mi vida.
No ha sido un juego, no ha sido una aventura por llegar, no ha sido un estilismo de modernista. Yo a mis 54 años, casado y con dos hijos me fui a la aventura de hacer el camino sin animo de poder ni siquiera terminar una etapa, aunque luego las circunstancias me hicieron cambiar de idea en apenas unos kilómetros.
Los consejos de mis amigos siempre fueron buenos. Javier Turmo me dijo como tenia que andar, preparar mi viaje, pensar y que nunca dejará que nadie me presionases para llegar antes. Antonio Navarro me dijo que no había que llevar mochila de dominguero y si una mochila de peregrino con la mitad de la mitad, y por Santiago que le hice caso.
Mi historia antes de empezar tiene nombres propios, aunque no apellidos, porque en el camino lo importante nunca es quien eres o que eres, tanto así como la condición de la persona que te acompaña.
Anu, Pilar, José Javier, Ana, Ángel, Ana, Alfonso o Rafa. Ellos han sido los protagonistas de mi camino. Mujeres y hombres poderosos, humanos y de gran corazón, mujeres valientes y hombres cercanos al cariño del compañero. Mujeres que dan lecciones de humildad, hombres que son capaces de llorar. Algo que yo en mi vida podía creer que era posible.
Yo en este relato os prometo que os salpicare con mis lágrimas por culpa de mis amigos Anu, Ana, Ángel y Pilar, que aunque solamente hemos vivido cuatro días juntos, han sido cuatro días de la mejor relación personal que una persona pueda tener lejos de tópicos.
Mi camino comenzó por un reportaje basado en una pelí sobre el tema, (The Way, de Martin Sheen. El camino en español). Luego unas charlas con mi amigo Javier, y otra con Javier Madruga, me hicieron plantearme afrontar este reto.
Mi ilusión se contraponía con mi confianza en la forma física, aunque a pesar de todo, afronté el reto y acudí a la oficina del peregrino en Córdoba, donde para más INRI, encuentro a mi compañero Antonio Navarro haciendo las credencias. La primera ayuda ya la tenia. El me abrió el camino. “deja en casa la mitad de lo que hayas metido en la mochila”. Ni puto caso, el ego personal y la prepotencia me hizo hacer una mochila del mejor alpinista. Primer error, aunque luego lo subsane dejando en el camino todo.
Una semana después por fin saque mi billete y afrontaba el reto de cara a la galería. Mis amigos dudaban de que su colega Rafa Aguilar, fuera capaz de salir airoso del tema, apuestas no faltaban y lo peor es que yo no las tenía nada consigo.
Seis de agosto y tras una larga noche sin dormir, me dispuse a salir a mi aventura. Dos horas después estaba montado en el tren camino de Galicia y rodeado de peregrinos que para mi, todos tenían mas porte que yo.
Una noche sin dormir en el Talgo desembocó en una odisea de nervios que termino en la estación de Sarria. Primera parada  primer sello del camino. Sensaciones encontradas me llevaron al baño buscando el primer albergue, pero tras una noche si ser capaz de dar descanso a mis intestinos por los nervios, Sarria no fue la solución. Me tomé un café de caballo, rico donde los haya y tras imprimir mi primer sello me dispuse a comenzar la aventura de mi vida.
De ciento y algo de peregrinos que veníamos en el tren, de pronto me di cuenta de que estaba sólo, acompañado pero sólo. Me puse en marcha y en menos de cien metros me guantearon unos gallegos generosos. “A donde vas peregrino”, a Santiago dije yo, “mal vas por ese camino”, me contestaron, “vuelve a tras y busca la flecha amarilla que nunca te abandonara”. Primera gran lección. Volví sobre mis pasos y encontré el yugo indicativo que me envío directo al mundo de la realidad.
Tomo contacto con la naturaleza en apenas cien metros en el mayor de los sentidos. No tardo en tirar de cámara de fotos y en los primeros dos kilómetros apenas avanzo por la calidad de las vistas. Mi intestinos también se dieron cuenta de la realidad, estábamos en plena naturaleza, por lo que me dieron el respiro necesario en apenas unos minutos. Uno precavido siempre estuvo preparado para el gran ataque del peregrino duodeno que también era parte del camino. Aquello me sirvió de relax unos metros, aunque la realidad llegó pronto. Una subida impresionante abrió el paso hasta la meseta del camino y yo con un compañero al que se le iba la olla, me quede más sólo que el caballero Don Sancho cuando a su jefe Quijote se le iba la pelota en busca de gigantes molinos de viento.
La primera escalada me hizo reflexionar y pensar en el abandono, Rafa mi acompañante le iba más el rollo del llanero solitario y me dejó más tirado que un rosal en un desierto. Esto me hundió unos minutos, aunque poco duró la pena ya que una vez que superé el escollo de romanos, que no se como leche lo subiría el apóstol, este que les habla se superó y tomo las riendas de la campaña y afronte el reto, “no dejare que nadie me quite la moral y seguiré el camino a mi manera”. Así lo hice y en apenas dos kilómetros y tras pasar un autentico túnel de robles, castañares y abetos, siempre rodeado de una vegetación generosa que dio paso al primer oasis del peregrino en el albergue de Casas de Paradas, que sin tomar nada, conseguimos robar el segundo sello en un paisaje rodeado de huertas y pequeños riachuelos del Miño, dignos de la mejor pintura de Vincent Van Gogh. Continuo el camino y en apenas dos kilómetros me topo de frente con el albergue estrella del camino Barbadelos, nombre bucanero para una zona rica en meigas y bruxas, aunque no así en generosidad para el caminante que ve en él la estrella que buscaba en el camino.
Primeros encuentros y primeros roces de peregrinos que quieren ayudar a que te quedes y no huyas. Mi agradecimiento lo reafirmo con un buen café y un trozo de tarta de Santiago. Cobarde ataque de uno que quería perder peso, pero la tentación del camino no es lucifer, sino la almendra y la miel y la rica estrella de Galicia.
De vuelta al camino con mejor ánimo y con mejor fondo de estomago, pase por Mogarde entre una exquisita senda de calzadas romanas y rutas frondosas que me llevaron a superar los cien kilómetros, fiel que marca la carrera de cualquier peregrino. Luego llegó Ferreíras y cada vez un camino más exquisito. Entre tanto, este cateto comenzaba a ver la luz.
Cinco deseos llevaba en mi mochilas y cinco piedras del deseo fui depositando en cada mojón del camino. La primera por Meli mi mujer, la segunda y tercera por mis hijos David y Rafa, la cuarta por mi niña Lucia y la quinta por Rubén que aún no había nacido, pero que mi reina Lucia decía que “hasta que mi tito Rafa volviese del Camino, Rubén no nazca” (Hoy día catorce ya esta en el mundo).  Cuando deje la última piedra y las más pequeña, perdí las primeras lágrimas y llore como un tonto, algo que al mismo tiempo me dio la fuera que necesitaba para llegar.
Me puse en marcha y con la rabia de ir sólo llegue a la gran bajada de Portomarin donde di alcance a mi compañero que ya iba jodido por las ampollas, debido a su desigual forma de andar. 
Una subida a Portomarin entre escalones de martirio, nos devolvió la gran realidad. Agosto no es el mejor mes para el camino. A pesar de ello, llegue al albergue de la Xunta y el primer ángel llegó de la mano de una chiquita catalana de no mas de veinte años que después de verme con los pies cansados y llenos de crema, su primer acto fue ofrecerme unas almendras e intentar buscarme un albergue, algo imposible.
Mi decisión de salir a buscar algo me devolvió la realidad en segundos. El primer bar, un garito limpio y muy buen cuidado, me sirvió para tomar la primera caña de Galicia. Unas palabras de intercambio dio paso a la generosidad del gallego. “¿No tienes albergue peregrino?, no te preocupes, te llamo a Gonzar”. Unos minutos después estaba levantando a mi ágil amigo Rafa que renegando se puso en marcha y continuamos el camino a duras horas y a pleno sol hasta Gonzar, donde llegamos justos para tomar albergue y descansar de una larga caminata. Nunca jamás este peregrino había andado mas de veinte kilómetros, la primera etapa me fui a los 30 y lo mejor es que tras una ducha fría, todo estaba como al comienzo, ósea, perfecto.
El albergue, modesto, la señora encantadora, y el sitio ideal para uno tío que no conoce la majestuosidad del Camino. La comida del medio día fue apoteósica, buen vino, una ensalada digna del rey león y una plato de lomo con patatas, huevos, beicon y pimientos que el mesonero supo acompañar de un buen albariño obsequio de la casa.
El buen Yantar del mesonero de Gonzar, dio paso a la primera gran amistad. Un profesor de Tudela que con pies de camello reventado y ampollas milerarias, se sentó a nuestra mesa y compartió mesa, mantel y vivencias del camino ya que era un repetidor. José Javier fue el primer impulsor serio de mi aventura. Me animó, me desangro el camino y juntos pasamos la primera tarde del camino y la primera noche de descanso.
A las 22.00 horas toque de silencio y a dormir. Ronquidos de gloria te daban el ánimo para dormir a ratos y en apenas unas horas dieron las 4.30. Entre sombras me cambio y dispongo la salida que a las cinco ya es una realidad. A pesar de los despistes de un Frances que contagiado por los nervios se puso a mi par en el lavabo pensando que eran las seis de la mañana, cuando le dije la hora, maldijo al mesonero mayor de Castilla por no mirar el reloj.
Salimos a ciegas junto a la autovia de Santiago, pronto tomamos el camino a la izquierda que nos lleva a una oscuridad total. Objetivo buscar la primera flecha amarilla, cosa que costó dios y la vida ya que mi acompañante no paró de decirme que estábamos equivocados. Su aura negativa me embargaba de tal manera que llegue a contagiarme y pedirle la linterna para tomar el mando. En menos de cien metros encontramos el primer mojón de Santiago y en apenas dos kilómetros, el primer garito para tomar café en Castromaior, donde pensando ser los primeros de la madrugada, nos encontramos con una señora con su hija que ya llevaban una hora andando, cosa que nos sorprendio gratamente. Tomamos café con el posadero y de nuevo en marcha en una gran subida hasta los 800 metros de altitud que nos llevó a las puertas de Ventas de Naron no sin un disfrutar del llanto de los pinos que nos deleitaron con una lluvia moderada, nunca vista hasta entonces por este peregrino en un cielo lleno de estrellas.
A partir de ahí cruzamos la carretera de Santiago y una larga carretera con arcen de 10 Kilómetros nos acercó a la localidad de Palas del Rei. En este tramo fuimos superados por el Navarro José Javier que nos pasó por encima camino de Melide. Mucho para nosotros que aún estábamos sin experiencia.
Una vez superado el escollo de la subida a Palas, mi ágil acompañante, siempre por delante, se une a un grupo en el que aparecen dos peregrinas vascas. A menos de un kilómetro de Palas, recibo con halago la ayuda de una de ellas, Pilar que me dice que mi amigo comenta, “anímate que dice tu amigo que andas más lento”. No se si fue efectivo aquello, pero si cordial. Dos kilómetros más andando con Pilar me animaron a seguir hasta Palas, donde desayunamos juntos y creo que fue el comienzo de una gran amistad. Su compañera Anu pronto sintonizo conmigo y en apenas unos minutos nos dimos cuenta que el camino nos había unido en la amistad.
Ellas nos convencieron de que el Melide que era nuestro objetivo a 35 kilómetros de nuestra salida, no había albergue donde dormir. Una llamada a su albergue, nos dio la opción de seguir hasta Boente con la confianza de tener cama y mantel fijo. La tranquilidad de tener hueco en albergue, nos dio alas para seguir caminando en una etapa desde Palas que si no fue dura, si algo rompepiernas, aunque de un colorido impresionante. La salida de Casanova cerca de Melide, nos llevó a una bonita iglesia cementerio en el que el cura agorero nos desfloró nuestra idea de que estábamos a dos kilómetros de Melide, ya que nos añadió cuatro más al rutometro previsto.
Esto me dio la opción de cambiar de botas, refrescarme los pies en un bonito arroyo y salir de nuevo, aunque, no duró mucho la alegría del caminante, ya que en apenas doscientos metros, zapatillas y calcetines fueron a parar a la basura, para de nuevo calzarme mi botas y mis calcetines sudados ante el temor de la terrible vejiga del camino que hasta ese momento nunca fueron mi quebradero de cabeza, no así la de mi intrépido acompañante al que todas las noches tuve que coser con hilo y aguja sus ampollas, hasta secar.
Anu, fiel compañera en el animó, nos ayudó hasta la saciedad para llegar a Melide, buscando siempre la sombra conseguimos alcanzar la cuna del pulpeiro y allí estaba esperándonos su amiga Pilar rebosante de alegría. Siguiendo sus concejos acudimos a la mejor pulpería de Melide y allí, dimos cuenta de unas excelentes viandas y unas gigantescas cervezas que nos dieron el refuerzo necesario para seguir. Cosa que hicimos entre una nube de eucaliptos que nos llevaron entre huertos de frutales a la bajada de Boente donde nos esperaba el descanso después de 42 kilómetros de caminata. Nueve horas de trabajo y de amistad. Nueves horas que nos dieron paso a un descanso ganado a pulso.
Cena de descanso y a las 22.00 horas estábamos en la cama descansando. A las cinco de la mañana estábamos dispuestos en la salida de Boente. Unos minutos después se unieron Anu y por primera vez Ana y Ángel.
Salimos muy abrigados a oscuras con la idea puesta en llegar a Pedrouzo y tomar albergue. La velocidad de salida fue dura y teníamos por delante treinta duros kilómetros. La primera subida hasta el albergue de Ribadiso fue durísima con Ana en cabeza tirando junto a Rafa y Anu, y con Ángel por detrás y yo intercambiando las primeras palabras entre dos andaluces en el camino.
Esta subida nos hizo quitarnos la ropa de abrigo en los primeros kilómetros de caminata. Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando en la oscuridad de la noche apareció el navarro José Javier que nos acompañó hasta Ribadiso. Fue una gran alegría ver a alguien que no conocías más que de unas horas, pero que ya era parte de tu obra de teatro.
La primera parada me dio sensación de camaradería, Anu era una gran compañera, sin ánimo de ser protagonista, era la líder el grupo. Ana que apenas la conocía me dio la sensación de ser una gran mujer que se involucraba tanto en el cuidado de su amigo Ángel, que sería capaz de matar por él. Ángel fue para mí el símbolo del sufrimiento callado. Entre todos se fraguó la penúltima marcha que quizás fue la que más fuerza me dio.
Juntos continuamos camino en una etapa cargada de peregrinos y de una dureza más que contrastada. La subida a Arzua fue durísima y la transición por la ciudad demasiado prolongada.
Una vez que pasamos Arzua, tomamos el camino de Pedrouzo entre pinos y eucaliptos, con Ana tirando del grupo y yo cerrando el mismo.
La llegada al albergue de Salceda nos desveló una realidad clara, la masiva afluencia de gente en el camino nos obligaba a seguir rápidos porque Ana y Ángel nos dijeron que no había sitio en Pedrouzo.
Esto nos hizo lanzarnos en una alocada carrera en la que Anu, Rafa y yo nos quedamos algo varados atrás, y tuvimos que remontar a base de un gran esfuerzo. Cuando le dimos alcance, ellos tuvieron que parar para repostar fuerzas para Ángel. Nosotros seguimos hasta buscar la entrada de Pedrouzo porque nos esperaba Pilar. En esta zona entre carretera y pinares, sufrimos de lo lindo, siempre juntos Anu y Yo, con Rafa unos metros por delante, Cosa que se fraguo en un desastre a la llegada a Pedrouzo ya que nosotros seguimos el caminos buscándolo y el se desvió hasta Pedrouzo por otro camino.
En este punto nos encontramos con Pilar que nos devolvió la realidad, “vais solos y Rafa no esta por delante”, fue nuestra despedida como peregrinos. Nos hicimos las últimas fotos y nos dimos un gran abrazo porque nunca había disfrutado de una amistad sin intereses personales tan pura.
Mi vuelta a Pedrouzo en busca de mi compañero estuvo salpicada de lágrimas porque por primera vez en el camino perdía a alguien con quién había compartido algo más que amistad. Esfuerzo y bondad.
Mi regreso a Pedrouzo fue lenta y sin ánimo de nada. Encontré a mi compañero y entre tanto, aparecieron Ana y Ángel que hicieron de angeles salvadores. Ella siempre pensando en los demás, nos ofreció su propio albergue. Llamamos y había sitio. Nos recogieron y nos llevaron hasta Santiso, un albergue fuera del camino pero de una gran calidad. Mi sorpresa fue al dejar el taxi y ver que había perdido la cartera con toda la documentación. El taxista me montó en el coche y volvimos al lugar donde podía haber perdido el bolso.
Santiago hizo el resto, llegamos y aunque no estaba en su sitio, si estaba en el bar del al lado con todo. La vuelta a Santiso fue para disfrutar de mis amigos que me esperaban para disfrutar de la alegría de ver el milagro.
Un almuerzo una buena cena dio paso a una charla confortable con Ángel que nos abrió su vida y nos contó su camino. Mi gozo fue máximo cuando tras una noche de duerme vela, afrontamos la etapa final.
A las cinco y media de la mañana nos pusimos los cuatro buscando las señales. El entorno del Aeropuerto de la Bacoya y la Autovia de Vigo eran de un continuo trasiego. Los camioneros nos saludaban en la oscuridad de la noche con sus bocinas. Estábamos andando los últimos kilómetros de una gran aventura que a medida que nos íbamos acercando a Santiago, mayor era el nudo en la garganta de los cuatro.
La maestría de Ana nos ayudo a superar los primeros kilómetros en la oscuridad, pronto nos plantamos en San Paio y cuando superamos un pequeño cementerio nos encontramos con una chica sevillana afincada en París (Ana), que iba sola hasta Santiago. Los cuatro más la nueva agregada buscamos con ahínco un sitio para tomar café, lo que sirvió para amainar el paso, aunque mi teoría es que nadie quería llegar al final, es como cuando vas a terminar un buen libro, nunca quieres ver el final.
Cuando pasamos la Bacoya nos plantamos en Monte Do Gozo y allí hicimos la primera parada y las fotos del mirador. Continuamos bajando a Santiago y las lágrimas ya eran robadas. Primero Ana las expresó verbalmente, aunque luego todos se tuvieron que sonar la nariz. Fotos de rigor, llegada con problemas pero la majestuosidad de Santiago con sus gaiteiros incluidos, nos inundó de vida.
Como locos fuimos a por nuestra Compostela, llenos de orgullo y entre lágrimas de sal que más daban la sensación de que Santiago había abierto una olla de cebolla, porque no faltaban momentos para llorar.
Tras encontrar albergue llegó la gran verdad del camino. La misa del peregrino donde más de mil caminantes nos dimos cita en la catedral de Santiago. Anu y Pilar entre los asientos y con la premura de tener que abandonar la misa a las 13.00 nos obligó a no poder despedirnos de ellas, algo que quizás siempre agradezca porque no me iban a quedar lagrimas. Mientras tanto, Ana, Ángel y Rafa, éramos testigos de una misa en la que el hecho de nombrar tú procedencia por el Dean de la catedral, me hizo de nuevo perder la compostura. Luego el Botafumeiro volando y por último el abrazo al apóstol que nos llevó  más de dos horas.
Lo peor estaba por llegar. Salimos de la catedral y llegó la dura y difícil despedida. Ana y Ángel se iban para siempre y con ellos, parte de mis vivencias. Nos dimos un gran abrazo y os juro que nunca llore tanto en mi camino de vuelta, ahora estoy escribiendo esto y tengo los ojos llenos de lagrimas y no se que ha podido pasar para esto, en personas que apenas nos hemos conocido, Para mi ha sido una experiencia que nunca olvidare y que siempre les agradeceré.
Santiago de Compostela ya no tenia sentido para mí, a pesar de ello y ante el aburrimiento de tener el viaje al día siguiente, acudí al encuentro de peregrinos esa tarde en la catedral. Creo que ahí fue donde descubrí el sentido del camino, no se trata de correr, llegar o salvar los escollos que te plantea el mismo. Se trata de ver en los demás lo que no eres capaz en tu día a día.
No sabes quién es el que va a tu lado, pero tampoco te lo planteas, no sabes quién duerme a tu lado, aunque tampoco lo piensas, estas cansado y el de la cama de al lado es una persona cansada. Nada más.
Sé que en mi camino ha habido gente muy importante caminando junto a mí, se que ha habido nombres muy conocidos de la TV y la radio, pero eso a mi nunca me ha llevado a buscar su identidad. Los verdaderos protagonistas de mi camino no son famosos. Los verdaderos protagonistas de mi historia tienen nombre y ni siquiera se su apellido, pero ellos han sido el motivo de mi inspiración.

Por todo ello, os doy las gracias.
Gracias José Javier por tu enseñanza y sufrimiento.
Gracias Pilar por tu simpatía.
Gracias Anu por ser tan real.
Gracias a las dos jóvenes catalanas de Portomarín por su espontaneidad.
Gracias a Ana por tu gentileza y manera de ver la vida.
Gracias Ángel por ser el ejemplo para un novato.
Gracias Ana de Sevilla por tu valentía de ir sola hasta el final.
Gracias Alfonso por tu manera de ver la vida.
Gracias Hanna Weig de EEUU porque a tus veinte años ya has dado un ejemplo de sufrimiento.
Gracias a mi familia por haberme permitido hacer este peregrinaje.
Gracias a todos los que de alguna manera me han ayudado a conseguir mi objetivo.

A todos os deseo que se cumplan todos vuestros deseos y que seáis felices.

No puedo por menos que esperar que algún día, alguno de ustedes puedan revivir alguna de estas vivencias que sin duda, algunos de nosotros repetiremos, aunque nunca será igual.

Buen camino.

Rafa Aguilar

Un abrazo a todos











2 comentarios:

  1. Enhorabuena Tito¡¡¡¡ me ha emocionado leerte y saber de tu viaje¡¡¡¡

    Un abrazo grande

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  2. El dia 7 de septiembre empiezo en Sarria lo que espero sea un viaje de sentimientos, vivencias, amistad y pureza parecido al tuyo. Me he emocionado al leerlo y sólo me queda darte la enhorabuena por burlar la dificultad de expresar en palabras los sentimientos. Gracias !

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